Continuidades en una nueva época. José Ildefonso de la Peña ¿un procurador jesuita en el siglo XIX?


En 1740, el procurador de la Compañía de Jesús de la provincia de Filipinas, Juan Joseph Calvo, estando en Roma, solicitó al vicario general, Giovanni Antonio Guadagni, la donación de un corposanto. Deseaba un mártir de los primeros siglos del cristianismo extraído “de las catacumbas” porque estaba “privado en aquella iglesia y misión de sagradas reliquias” las cuales, en opinión del jesuita, serían “muy estimadas” por los fieles conversos. El prelado le concedió a san Faustino, un cuerpo exhumado del cementerio de Priscila con su vas sanguinis, dispuesto en una urna y listo para su traslado.1 Algunos años antes, el 11 de agosto de 1722, Diego Vélez, procurador de la provincia de México en Roma, recibió a su vez, por donación del Sacristán pontificio fray Agostino degl’Abbati Olivieri, fragmentos “en cápsula” de los santos mártires Justino, Constancio, Iluminato, Teodoro, Severino y Gaudencio.2


Estos registros son evidencias de uno de los múltiples encargos asumidos por los procuradores jesuitas. Estos agentes, designados para viajar a Roma y representar asuntos de sus provincias frente al General de la Orden, tenían también como objetivo reclutar nuevos misioneros, y adquirir “cosas de devoción”.3 Tal es el caso de la obtención de reliquias para motivar la piedad de los fieles, recién descrita. En otras entradas de este blog se ha abordado el papel de estos personajes como proveedores de ceras de agnus dei, reliquias, imágenes y mercancías diversas en Nueva España, cuyos destinatarios fueron tanto la congregación como particulares. Sin embargo, la expulsión de los adeptos de san Ignacio de los territorios de la Corona española, en 1767, seguida por el decreto de extinción de la Compañía de Jesús por Clemente XIV, en 1773, significó, entre otras consecuencias, el término de este modelo sistemático de circulación y adquisición de productos. 


Los jesuitas exiliados tuvieron como destino final la ciudad de Roma. Sus periplos fueron diversos: mientras algunos murieron en el trayecto o renunciaron a la vida religiosa, otros continuaron con sus labores apostólicas, aunque a una escala considerablemente menor. Una muestra de ello son las donaciones de corpisanti realizadas por el sacristán pontificio fray Francesco Saverio Cristiani a “jesuitas” y “ex jesuitas”,4 como el español Narciso Bas, a quien otorgó el cuerpo de san Justo en 1795, o el napolitano Stanislao Gerace, quien recibió a san Clemente niño en 1810.5  En el caso de la Nueva España, una dádiva realizada durante el periodo de la supresión fue la de las santas mártires de catacumba Veneranda e Inocencia, entre 1785 y 1787. Estas reliquias fueron concedidas por el sacristán Cristiani al jesuita exiliado Manuel Flores Alatorre, para su hermano Vicente Flores Alatorre. Este, a su vez, las donó a la villa de Aguascalientes y a las monjas de Santa Mónica de Guadalajara, Jalisco, respectivamente.6 No obstante, las dificultades políticas y monetarias, así como la persecución de los miembros de la Compañía impidieron dar continuidad a esta circulación de objetos devocionales y suntuarios.


El 7 de agosto de 1814, el Papa Pío VII decretó la restauración de la Compañía de Jesús, y el regreso de sus miembros a la Nueva España se consolidó el 19 de mayo 1816, cuando el arzobispo Pedro Fonte les restituyó el Colegio de San Ildefonso. Ese mismo año se abrió el noviciado, al que ingresaron Francisco Mendizábal, Basilio Arrillaga, Luis Gutiérrez del Corral, Ignacio Lyon y José Ildefonso de la Peña.7 No obstante, después de seis años de relativa paz para la congregación, el 17 de agosto de 1820, las Cortes españolas emitieron un nuevo decreto de supresión de la Compañía en toda la Monarquía, por lo que los jesuitas mexicanos fueron obligados a abandonar la vida en común para secularizarse y entregar sus colegios y seminarios.8


José Ildefonso de la Peña (12 de enero de 1798, Actopan, Veracruz – 14 de febrero de 1869, Ciudad de México) tras la secularización, se trasladó a Roma en donde continuó identificándose como un miembro de la Compañía y desarrolló una relación cercana con algunos miembros ilustres de la curia romana, entre ellos el cardenal Mauro Capellari, el futuro papa Gregorio XVI.9  Su desempeño como agente en Roma fue muy diverso, pues participó en asuntos tanto políticos como misionales entre 1825 y 1838.10 Por ejemplo, respaldó a Francisco Pablo Vázquez, miembro del cabildo catedral de Puebla de los Ángeles,11 durante las negociaciones para que Gregorio XVI nombrara a los nuevos obispos para cubrir las sedes episcopales vacantes de México: Puebla, Guadalajara, Michoacán, Durango, Linares y Chiapas.12 Tras la partida de Vázquez en 1831 —ya investido como obispo de la angelópolis— de la Peña13 llevó a cabo las diligencias necesarias para el traslado de los santos mártires Herculano y Satrapio, corpisanti obsequiados al prelado por gracia del mencionado papa y el vicario general Plácido Zurla.14 Estos fueron recibidos en Veracruz y colocados en la catedral poblana, en los altares de San José y los Santos ángeles, respectivamente, en 1834.15 (Imagen 1) 

Imagen 1. San Satrapio mártir. Altar de San José, Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción de Puebla. Fotografía: Alejandro Bertheau.


Un aspecto interesante de este personaje es que retomó la función de los antiguos procuradores como proveedores de mercancías y objetos sacros. En este sentido, algunas cartas conservadas en el Archivum Romanum Societatis Iesu evidencian su intervención en Roma para ejecutar diversas encomiendas, algunas para Francisco Mañón. Este potentado, propietario de la Hacienda de Mextepec, deseaba beneficiar a la Compañía con la fundación de un colegio jesuita en Toluca con recursos propios, voluntad que comunicó a las autoridades de la orden, incluido el prepósito general Jan Philipp Roothaan.16 En seguimiento a dichas peticiones, Ildefonso de la Peña se dirigió a Mañón en una carta de 1837 para entregarle unas “cuentecitas” relativas a sus encargos, los cuales se encontraba imposibilitado de “obsequiar” debido a la escasez de dinero que padecía. La lista detallaba los gastos relativos a un cuadro de la Madre Santísima de la Luz y su envío a México. En los gastos acumulados de julio a diciembre de 1836 se especificaban 90 pesos para el “pintor Zanetti”, 86 pesos de la aduana en Roma, y 6.80 pesos del flete hasta Génova y su expedición a Veracruz.17 En cuanto al artífice, probablemente se trata de José María Zanetti, “pintor, diseñador y litógrafo” español avecindado en Roma desde 1817, y en donde estuvo activo hasta 1843.18 


En una carta posterior, Mañón pidió informes al padre Francisco Mendizábal sobre “unos relicarios en donde estaban primorosamente colocadas las reliquias de los santos de todo el año, y otras gracias y privilegios” destinados a la capilla de su hacienda en Mextepec, y remitidos desde Roma por de la Peña. Para 1840, dichos objetos aún no habían sido recibidos, y el jesuita ya se encontraba misionando en América del Sur, en las provincias rurales de Argentina.19 Todo indica que el tema no se resolvió, pues en una última carta de 1843 dirigida al padre Ignacio Lerdo, Mañón le informó que Ildefonso de la Peña finalmente se había comunicado con él, indicándole las cuentas e impuestos pendientes de otros asuntos, pero sin mencionar el destino de los relicarios.20 


Por la descripción proporcionada, los relicarios en cuestión seguramente corresponden a los relicarios-calendario, diseñados a manera de pequeños altares de gusto clasicista, elaborados en madera, tela, y papeles metálicos, en donde se colocaban (en número variable) reliquias exiguas correspondientes a los santos de cada día.21 (Imágenes 2 y 3) Durante el siglo XIX y a principios del siglo XX, estos relicarios de elaboración artesanal circularon ampliamente, en especial los fabricados en serie en los talleres romanos. Por ello es posible ubicarlos en diversas casas de subastas, y en colecciones privadas y museísticas de Europa y América. En México se conservan ejemplares en las colecciones de la Catedral de México y en la Iglesia del Carmen de Celaya, por mencionar algunos, lo que refuerza la premisa de la llegada de este tipo específico de relicarios al país. (Imágenes 4 y 5)

Imagen 2. Relicario-calendario. Iglesia de Todos los Santos, Nederzwalm-Hermelgem, Bélgica.
Fotografía: 45065M01.priref.710008522
Imagen 3. Reliquiario in forma di tempio. Casa de subastas Ars Value, Lote 479. Italia.
Fotografía: https://www.arsvalue.com 
Imagen 4. Relicario-calendario. Iglesia de la Virgen del Carmen de Celaya, Guanajuato, México.
Fotografía: Enrique López Tamayo.
Imagen 5. Relicario-calendario. Capilla de las Reliquias. Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, México. Fotografía: Montserrat A. Báez Hernández.

Montserrat A. Báez Hernández

  1. Archivo Histórico del Vicariato di Roma. Archivo de la Custodia de las Santas Reliquias y Cementerios. Volumen 77 (1737–1783), 8 de mayo de 1740.
  2. Biblioteca Apostólica Vaticana (BAV). Reliquiarium distribuendaum Sacrarum Reliquiaum Regestum incipendo a die prima julii 1720 usque ad annum 1726. Olivieri Sacrista. f.67r.
  3. Luisa Elena Alcalá, “De compras por Europa: procuradores jesuitas y cultura material en la Nueva España”, en Goya: Revista de Arte, No.318, 2007, pp. 141-158. 
  4. De esta manera son identificados en la documentación. 
  5. BAV. Manuscriti.  Regestum sacrarum reliquiarum distributarum inde a mense iul. A 1782 usque ad diem 12 iun. 1816. 
  6. Montserrat A. Báez Hernández, “Con crecido afecto y devoción. Mecanismos de implantación y experiencias devocionales en torno a la traslación de corpisanti entre Roma y la Nueva España (s. XVII-XIX)”, en Miradas. Revista de Historia del Arte y la Cultura de las Américas y la Península Ibérica, no. 9 (2025). (En prensa).
  7. Gerardo Decorme, Historia de la Compañía de Jesús en la República Mexicana durante el siglo XIX. Tomo I. Restauración y vida de secularización, 1816-1848, Guadalajara: Tipografía El Regional, 1914,  pp. 107-108.
  8. Decorme, op.cit., p. 193.  
  9. Decorme, op.cit. pp. 301-302.
  10. Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús. Biográfico-Temático, Charles E. O’Neill, S.I., Joaquín Ma. Domínguez, S. I. (dir.), Roma: Institutum Historicum S. I., 2001, p. 3079. 
  11. Guillermo Zermeño Padilla, “El retorno de los jesuitas a México en el siglo XIX: algunas paradojas”, en Historia Mexicana, vol. 64, no. 4, 2015, p. 1500.
  12. Decorme, op.cit.,302.
  13. Tanto Decorme (op.cit., p. 356) como el Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, (op.cit. p. 3079) lo identifican como procurador de España y México.
  14. Montserrat A. Báez Hernández “¿Objeto artístico o herramienta devocional? Los cuerpos relicario, un caso de olvido historiográfico», en Intervenciones y escultura virreinal, historia y representación, Fanny Unikel y Patricia Díaz (coord.), México: UNAM-IIE, 2022, 59-85. De la Peña también intervino en el proceso de traslado y donación de otros corpisanti, estos casos se encuentran en proceso de estudio para la tesis doctoral de quien suscribe.
  15. Archivo del Venerable Cabildo Catedralicio de Puebla. Actas de Cabildo. L. 64, f. 17r.
  16. Decorme, op.cit.,p. 360. 
  17. Archivum Romanorum Societatis Iesu (ARSI). Nuova Compagnia. Provincia Mexicana. Epistolae 1001, 1816-1853.
  18. José Antonio Hernández Latas, “El enigma ‘Ramos Zapetti’. Nuevas aportaciones documentales y gráficas sobre el supuesto inventor español de la fotografía”, en Hernández Latas, José Antonio (ed.), I Jornadas sobre Investigación en Historia de la Fotografía: 1839-1939, un siglo de fotografía, Zaragoza:Institución Fernando el Católico, 2017, pp.10-38.
  19. Diccionario Histórico, op.cit., p. 3079.
  20. ARSI. Nuova Compagnia. Provincia Mexicana. Epistolae 1001, 1816-1853.
  21. Las catalogaciones italianas también los identifican como reliquiario dei santi di tutti i mesi dell’anno, reliquiario archittetonico o reliquario a tempieto. Véase Catalogo generale dei Beni Culturali, https://catalogo.cultura.gov.it y Giorgio Fossaluzza, Note storiche e artistiche sulla nova Chiesa della Natività della Beata Vergine in Santa Maria di Campagna, Italia: Stilus, 2016, pp.18-220.

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