Reliquias martiriales en Asia-Pacífico: las islas Marianas (siglo XVII)
El término reliquias proviene del latín, reliquiae, que significa restos. Para los cristianos, aquellos objetos sagrados que hubieran pertenecido a Jesús, a los apóstoles y a los discípulos de éstos, o que hubieran estado en contacto con ellos, como sus vestidos o ropajes, sábanas, objetos personales (biblias, breviarios, cilicios, escapularios) y especialmente los instrumentos de su penitencia o martirio (cruces, clavos), se consideraban en un sentido amplio como reliquiae ex contactu. No todas las reliquias tienen la misma consideración, dependiendo del tipo de relación que haya tenido con la persona en cuestión. Los fieles utilizaban cualquier reliquia ex contactu como un amuleto que servía para invocar a Dios. Su constante intercesión situaba al creyente en una perpetua dependencia con respecto al beato o santo. A cambio de súplicas, requerimientos y oraciones, los santos podían actuar de forma concreta e intencionada en beneficio de los fieles. Si no había respuesta, se pensaba que no se había rezado suficiente o que no se era digno de recibir el favor sobrenatural: las reliquias no perdían en absoluto su poder. En sentido estricto las reliquias corporales, o reliquias ex ossibus, hacían referencia a los cuerpos o partes del cuerpo de un beato que hubiera sido honrado con el culto o de un santo canonizado. El código pio-benedictino denominaba reliquias insignes al cuerpo, la cabeza, un brazo, el antebrazo, el corazón, la lengua, una mano o aquella parte del cuerpo en que el mártir padeció, con tal que esté íntegra y no sea pequeña. Las demás reliquias (no corporales) se consideran reliquias no insignes.1
Tras las persecuciones romanas, la proliferación de reliquias y su fragmentación obligó a la iglesia romana no sólo a regular su producción sino también su autenticidad. Los jesuitas dejaron una significativa cantidad de santos y beatos mártires en Europa, pero sobre todo en las Indias Orientales y Occidentales, erigiéndose santuarios en su memoria. Huesos de cuerpos difuntos, pedazos de sus jubones, crucifijos y objetos sagrados circularon con rapidez por todo el orbe cristiano, contribuyendo a extender la fe en los nuevos espacios extra-europeos. El culto de las reliquias no puede desligarse de una perspectiva global de la misión, articulada con una “demanda de lo santo” en las periferias hispano-lusas, que se adaptó rápidamente al contexto local.2
El caso de las islas Marianas ejemplifica un espacio de frontera donde los mártires jesuitas, como modelos del universalismo católico en los confines del imperio hispánico, se convirtieron en productores de reliquias. En 1668 un pequeño grupo de misioneros, liderado por el padre Diego Luis de San Vitores (1627-72), llegaron a la isla de Guåhan (o Guam), estableciendo su centro de operaciones en el pueblo de Hagåtña (Agadña, o Agaña). Su objetivo inicial fue siempre evangelizar a los nativos del archipiélago, si bien tras su preocupante disminución a partir del siglo XVIII los jesuitas emprendieron campañas exploratorias de alto riesgo, buscando conquistar nuevas islas para la cristiandad en los archipiélagos situados al sur, en Palaos y Carolinas, donde el jesuita italiano Giovanni Antonio Cantova (1686-¿1732?) fue martirizado.3
Unos años antes, el 29 de enero de 1670, el misionero jesuita Luis de Medina (1637-70) fue martirizado en la isla de Saipán (islas Marianas) a los 33 años de edad, junto con Hipólito de la Cruz, natural de las islas Visayas, por un tal Poyo, a quien llamaban “el matador” (luego bautizado como Luis), y su cómplice, llamado Daon (luego bautizado como Vidal). El 24 de abril de 1670, a los tres meses de la muerte del padre Medina, el sargento mayor Juan de Santa Cruz Panday (1670-72), acompañado de nueve soldados, regresó a Saipán con el fin de rescatar sus “benditos huesos” y los del hermano Hipólito de la Cruz.4 No sólo los restos de los jesuitas martirizados, sino incluso las armas con las que fueron sacrificados pasaron a formar parte de lo sagrado,
Se sacaron en fin las reliquias del dichoso padre las cuales vinieron acompañando los que habían ya concurrido, que serían unos treinta de dicho pueblo de Cao a quienes se llegó también, aunque no muy de su grado, el que había tirado la primera lanza que causó la dichosa muerte del padre y así todos le llamaban absolutamente el matador: este había ido a la primera cita de los nuestros en Raurau, y con tal prisa, que se dejó la lanza en el suelo, la cual cogió uno de nuestros compañeros5.
Lo que resulta especialmente significativo del epígrafe anterior es que el capitán Santa Cruz tenía plena conciencia de que los restos mortales del padre Medina no eran simples despojos humanos, sino reliquias que debían tratarse con respeto y deferencia. Consecuentemente, los restos del mártir y sus pertenencias personales se convirtieron en objetos de gran valor simbólico para los fieles. Al recuperarlos, se esperaba que el “santo patrón” continuara intercediendo por los vivos desde la otra vida. Esta creencia en el poder salvador del martirio y de las reliquias fue alentada por la Iglesia con el fin de afianzar su poder terrenal. Si los “santos” no morían del todo, sus restos elevaban el poder y prestigio de las ciudades o iglesias que las poseían.6
La producción y distribución de aquellas reliquias presuponía la incorporación de aquellas tierras al espacio y tiempo cristianos.7 Así, tras el asesinato del padre Medina, muchos de sus cofrades (Francisco Ezguerra, 1674; Sebastián de Monroy, 1676; Augustinus Strobach, 1684; Theofilo de Angelis, 1684; Karl von (Carlos) Boranga, 1684) que llegaron a las Marianas, así como no pocos de sus asistentes, siguieron sus pasos (emulatio). Para esta entrada del blog vamos a centrarnos en las reliquias de uno de ellos: el padre Manuel de Solórzano y Escobar (1649-84). El 18 de octubre de 1675 escribió una carta a su padre, don Cristóbal Ramón Solórzano, desde la capital de México donde esperaba aguardando el mes de febrero para dirigirse a Acapulco, “que es el puerto desde donde hemos de salir con la ayuda de Dios para las islas Marianas, puerto y centro de mis deseos”. Con dicha carta adjuntaba, además, unas reliquias de los tres “mártires invictos marianos” del archipiélago mariano. Del padre Luis llevaba “un pedacito de hueso que yo mismo quité con mis manos de una de sus costillas santas; y un eslabón de alambre del silicio con que maceraba y afligía su cuerpo; y también un pedacito de grillo con que se ceñía en lugar del cíngulo”; del padre fundador, Diego Luis de San Vitores (†1672), “la firma al margen de un papel impreso que tiene la imagen de san Francisco Javier con la oración que decía el santo apóstol por la conversión de los infieles”. Finalmente, del venerable padre Francisco Ezquerra (†1674) conservaba “una carta escrita toda de su mano al padre Andrés de Rada”, y concluía la misiva remitiéndole una larga relación de las “cosas de las Marianas y de aquellos bárbaros entre los cuáles espero morir”.8
El padre Solórzano llegó a Guåhan en junio de 1676 y el 23 de julio de 1684 fue martirizado durante el levantamiento iniciado por el Maga’låhi Yula (o Yura). Según relata su cofrade, el padre Luis de Morales, “los conjurados de Apurguan, decididos a exterminar la religión (cristiana) y expulsar a los españoles, entraron furibundos en la casa de los misioneros de Hagåtña (…) se lanzaron sobre el padre Solórzano, le golpearon con los cuchillos, le cortaron un dedo y después la mano, y le hicieron (folio 320) cuatro o cinco heridas profundas en la cabeza (…) Le golpearon con tanta crueldad que le rompieron el cráneo”.9
Fue enterrado en Hagåtña y al igual que ocurrió con los padres Luis de Medina o Sebastián de Monroy, el vice-provincial Gerardo Bouwens (1633-1712) y el padre Diego de Zarzosa (1648-1741), heridos durante el levantamiento de Yura, decidieron exhumar el cuerpo del nuevo San Sebastián. Correspondió al padre Bouwens escribir la carta de edificación, con fecha en 20 de mayo de 1685.10 Diversas fuentes confirman que tuvo la calavera del padre Solórzano en el escritorio de su cuarto, justo antes de enviarla en una urna o arqueta a modo de relicario de madera tachonada en bronce a sus familiares en España (IMAGEN 1).11

La piedad jesuítica recomendaba su contemplación para excitar la imaginación de los fieles. Como el atributo que más directamente recordaba la muerte, la calavera se consideraba como un símbolo de piedad barroca, la imagen alusiva de la muerte.12 Para trasladar el cráneo del padre Solórzano a España era preciso certificar su autenticidad (IMAGEN 2). Lo hicieron por partida doble: primero, su sucesor, Gerardo Bouwens, vice-provincial y superior de la misión de las Marianas, fue el encargado de escribir una carta de edificación, con fecha 20 de mayo de 1685, en la que se exaltaba las virtudes y el celo apostólico del fallecido.13 Segundo, dicho vice-provincial decidió enviar el cráneo del padre Solórzano, junto con las cartas, a Manila y de allí de vuelta a España, esperando poder entregarlo a sus familiares.14 El 9 de junio de 1687, el padre Zarzosa se hallaba en Manila, donde el padre Pedro Oriol (1636-1705), rector del colegio de San Ignacio, en encargó de la certificación final de la autenticidad de la reliquia, con gran aparato procesional en Manila.15

Durante la XIII Congregación Provincial de la Compañía de Jesús (1687), el provincial jesuita Luis Pimentel (1612–89)16 nombró al padre Antonio Matías Jaramillo (1648–1707) como procurador de las Filipinas y, como segundo, al padre Alejo López (1649–93). El historiador Andrés Oyola Fabián señaló que fue el padre Zarzosa quien llevó las reliquias a España bajo el patrocinio de la duquesa de Aveiro, quien corrió con los gastos. El traslado final de los restos mortales a sus familiares, o en su defecto, a parroquias, catedrales o importantes centros de poder religioso era común en una cultura obsesionada por la inmanencia de la muerte. Por un lado, servía para promover la devoción (y beatificación) de los mártires jesuitas. Por el otro, otorgaba prestigio y publicidad a la misión, alentando las vocaciones de todos aquellos que aspiraban a imitarlos. Los mártires, elevados a la categoría de “héroes”, caballeros de la fe, se convertían en miembros de la milicia espiritual de la Iglesia y en modelos a seguir.17
Sin embargo, no hemos encontrado ninguna documentación que corrobore esta afirmación. Además, en 1702 el padre Zarzosa se hallaba todavía en las islas Marianas como párroco de Agat.18 Por esta razón, lo más probable es que fuera el padre Jaramillo, un antiguo misionero en las Marianas (1676-80), el encargado de trasladar los restos certificados del padre Solórzano a España. En 1681 Jaramillo estaba en el Colegio de Manila trabajando como operario tanto para españoles como para nativos, pero siempre se sintió ligado a la misión de las Marianas.19 El 23 de agosto de 1683 regresó a Guåhan a bordo del patache San Francisco Javier, en lo que fue el primer viaje a través de las trescientas leguas que separaban el puerto de Cavite de la bahía de Humåtak, en Guåhan. Posteriormente volvió a Manila, donde permaneció hasta 1684, cuando el padre provincial lo trasladó a la residencia tagala de San Miguel, al este del Parián de Manila.
El padre de Manuel murió unos meses antes de poder recibir el relicario que contenía las reliquias de su hijo y, por este motivo, éstas fueron entregadas a su tío paterno, Juan Ramírez de Solórzano. A su muerte, su sobrino, Juan Casquete de Prado Solórzano, heredó la reliquia insigne, la cual permaneció custodiada por la familia durante dos generaciones más, hasta que, en 1984, doña Josefa Jaraquemada Tous de Monsalve, la depositó temporalmente en el Colegio Jesuita de Villafranca de los Barros.20 Además de las reliquias, el relicario contenía un buen número de cartas privadas que Manuel de Solórzano escribió a su padre, así como otras que escribieron jesuitas como el vice-provincial Gerardo Bouwens. El primer volumen, Scars of Faith, se publicó en Boston en 2020.21 Actualmente Manuel López Casquete de Prado, familiar directo de este mártir jesuita, conserva las reliquias del padre Manuel de Solórzano.
Alexandre Coello de la Rosa
Universitat Pompeu Fabra (UPF, Barcelona)
1 Carlos Corral Salvador (Dir.) y José Mª Urteaga Embil (eds.), Diccionario de Derecho Canónico. Madrid: Universidad Pontificia Comillas & Tecnos, 1989, p. 177.
2 Alexandre Coello de la Rosa, “Reliquias globales en el mundo jesuítico (siglos XVI-XVIII)”. Hispania Sacra 70: 142 (2018), pp. 555-68.
3 Alexandre Coello de la Rosa, Jesuits at the Margins: Missions and Missionaries in the Marianas (1668-1769). London & New York: Routledge, 2016.
4 Arxiu Històric de la Companyia de Jesús a Catalunya (AHCJC). “Más sobre la vida y martirio del padre Luís de Medina”, Guam, 22 de mayo de 1670. EI.b-9/6, f. 1; Luis de Morales y Charles Le Gobien, Historia de las islas Marianas, Madrid: Polifemo, 2013, ff. 75r-76v. Véase también Alexandre Coello y Xavier Baró i Queralt (eds.), Luis de Medina, SJ. Protomártir de las islas Marianas (1637-1670). Barcelona: Editorial Sílex, 2014, pp. 17-18.
5 AHCJC, “Más sobre la vida y martirio del padre Luís de Medina”, f. 3r.
6 Patrick Geary, “Mercancías sagradas: la circulación de las reliquias medievales”, en La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías, ed. Arjun Appadurai, 211-39 (México, DF: Grijalbo, 1986), p. 219.
7 Renato Cymbalista, “Relíquias sagradas e a construção do território cristão na idade moderna”. Anais do Museu Paulista 14 (2006), p. 42.
8 Manuel de Solórzano y Escobar, “Carta a su padre” con fecha en México, 18 de octubre de 1675, en Alexandre Coello de la Rosa y David Atienza (eds.), Scars of Faith: Letters and Documents of the Mariana Islands’ Jesuit Missionaries and Martyrs. Chestnut Hill, MA: Institute of Jesuit Sources, 2020, ff. 110r-113r.
9 Luis de Morales y Charles Le Gobien, SJ, Historia de las islas Marianas, Libro VIII, pp. 263-64.
10 Manuel López Casquete y Andrés Oyola Fabián, “Localización de las reliquias del jesuita frexnense Manuel Solórzano y Escobar (1649-1648), evangelizador de las islas Marianas”, en España, El Atlántico y el Pacífico: Y otros estudios sobre Extremadura, ed. Felipe Lorenzana de la Puente (Llerena: Sociedad Extremeña de Historia, 2014), p. 102.
11 José Quintero Carrasco, Historia de Fregenal de la Sierra (tercera edición), [1983] 1996, pp. 325-27)
12 Santiago Sebastián, Contrarreforma y barroco. Madrid: Alianza editorial, 1989, pp. 101-02.
13 Coello, Historia de las islas Marianas, p. 243.
14 Coello de la Rosa y Atienza, Scars of Faith.
15 Bibliotheca Americana et Philippina, Part III. Catalogue n° 442. Maggs Bross: London, 1923, p. 221; Rodrigue Lévesque, History of Micronesia. A Collection of Source Documents. Québec, Canada: Lévesque Publications, Vol. 9, 1998, pp. 53–54
16 El padre Francisco Salgado fue provincial de las Filipinas desde 1683 hasta 1687, en que entró el padre Luis Pimentel (Pedro Murillo Velarde y Bravo, SJ, Historia de la provincia de Filipinas de la Compañía de Jesús. Segunda parte que comprende los progresos de esta provincia desde el año 1616 hasta el 1716. Manila: Imprenta de Nicolás de la Cruz Bagay, 1749, f. 420r; Horacio de la Costa, SJ, The Jesuits in the Philippines (1581-1768). Cambridge, Massachusetts: Harvard UP, [1961] 1989, p. 601).
17 Coello, Jesuits at the Margins, p. 22.
18 Pavel Zavadil, Bohemia Jesuitica in Indiis Occidentalibus. Latinská korespondence českých jezuitŧ z Ameriky, Filipìn a Marián v českých a moravských archivech. Tesis Doctoral, Praga: Univerzita Karlova, 2011, p. 623.
19 ARSI, “Catalogus Brevis Personarum Provinciae Philippinarum. Anno 1681”. Philipp. Catal. Trien. Tomo 4, f. 76r.
20 López Casquete y Oyola Fabián, “Localización de las reliquias…”, pp. 95-108.
21 Alexandre Coello, David Atienza y Juan Casquete del Prado preparan el segundo volumen, titulado provisionalmente, Scars of Soul.Letters and Documents of the Mariana Islands’ Jesuit Missionary and Martyr Manuel de Solórzano.