La Procuraduría de Indias de Cádiz y su papel en el tránsito artístico y devocional de la Compañía

San Ignacio de Loyola

Como es sabido, el papel del puerto de Cádiz en el comercio ultramarítimo fue crucial. Por allí pasaban las mercancías en uno y otro sentido, se almacenaban antes de la salida de las flotas y se inspeccionaban en la aduana antes de su partida definitiva. Desde el punto de vista que interesa al proyecto ProJesArt, todos esos procesos tuvieron una notable importancia no solo por los resultados de la globalización promovida por la Compañía de Jesús (es decir, los movimientos de piezas artísticas y devocionales), sino también por la repercusión que estos circuitos pudieron haber tenido en zonas de paso como lo fue la gaditana.

Sobre este tema concreto, se han producido algunas importantes llamadas de atención, como el caso dado a conocer por Luisa Elena Alcalá acerca de una Dolorosa realizada en Nápoles con destino a México.1 Esta efigie, según relata por carta de marzo de 1730 el procurador jesuita Juan Ignacio Uribe al destinatario de la obra, Buenaventura Medina Picazo, era “tan primorosa que dos artífices que la vieron en Cádiz no se saciaban de mirarla, y uno de ellos repitió varias vezes que él venía a verla y sacar su dibujo, y daría por ella doscientos doblones”.2 Presumiblemente, la imagen se perdió, aunque el comentario es lo suficientemente atractivo para calibrar la importancia de estas redes comerciales en la producción artística local, en donde -por cierto- no escaseaban las manufacturas napolitanas y genovesas. La Dolorosa por antonomasia de la ciudad durante el siglo XVIII fue la titular de la Venerable Orden Tercera de Servitas, una obra italiana llegada entre 1730 y 1737 que anticipó un gusto por la escultura lignaria de este origen que se desarrollará en las siguientes décadas. Queda pendiente atender a la posible influencia de las “obras en tránsito” en la conformación de un gusto local por parte de la sociedad gaditana, aunque comentarios como el del padre Uribe
llevan a pensar que, efectivamente, tuvieron mayor eco del que parece por la bibliografía.


En cualquier caso, los jesuitas, cuyas redes comerciales tenían los mimbres bien armados para estas décadas del siglo XVIII, constituyen la orden religiosa mejor estudiada hasta la fecha en este asunto concreto de la circulación, sobre lo que han corrido ríos de tinta. Para estas breves líneas, quisiéramos aportar algo al conocimiento de estos movimientos a partir de dos libros presentes en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz, rotulados en sus portadas como Coordinación de los papeles referentes a la procuraduría de Yndias sita en el Colegio (que fue) de regulares de la Compañía del nombre de Jesús en Cádiz (imagen 1) y Extracto de los papeles encontrados en el Archivo de la Procuraduría peculiar de este Colegio, que fue de regulares de la Compañía del nombre de Jesús en Cádiz.3 Los mismos han sido ya citados en algunos estudios puntuales, como los del profesor Antonio Luis López Martínez a finales del siglo XX, aunque la importancia para el tema que nos ocupa dista mucho de estar agotada.4

Como escribió el funcionario encargado de su estudio en la introducción al primero de los libros citados, con la ocupación de las temporalidades jesuitas en 1767 se halló en el Hospicio de Indias de El Puerto de Santa María una “tinaja que parecía encerrar papeles”, en la que “se encontró a su entrada una espuerta de esparto con algunos pedazos de madera, ladrillos y otros vestigios de albañilería, la que siendo sacada de dicha tinaja se hallaron en lo interior de ella (además de varias cartas cerradas) distinctos papeles manuscritos”.5 El contenido de ambos libros que traemos a colación es, pues, una breve descripción de estos fondos hallados en la tinaja –hoy perdidos–, los cuales debieron ser escondidos deprisa el día que la Corona tomó posesión del edificio, por cuanto la última de las cartas está firmada el 2 de abril de 1767, es decir, el mismo día en que esto ocurrió. Aunque no se hallaron más papeles, el funcionario dejó registrado también los espacios que estos habían ocupado anteriormente, como un estante que estaba a la entrada del aposento del padre Ignacio de Alzaga, segundo procurador por debajo del superior, el padre Marcos de Escorza, en el cual había ocho cajones con los rótulos de “Roma, Madrid, P. de México, P. Perú, P. Philipinas, Paraguay, P. de Chile y P. S Fée y Quito”, que hacía clara referencia al origen o destino de las cartas que pasaban por dicho centro.

En la mayoría de las ocasiones, en los libros no se detalla el contenido de los documentos, aunque de algunas misivas sí se copiaron párrafos completos en atención al interés que les adjudicó la persona encargada de su registro. Como ejemplo, y por añadir información a un caso ya dado a conocer en este mismo blog por Patricia Díaz Cayeros, el 20 de septiembre de 1743 el padre César Antonio Bianquetti firmó una carta en Mérida dirigida al hermano José Pumarejo, en la que se incluía el siguiente párrafo: 


Supongo que abrá llegado por allá la noticia de la muerte del Pe Segura, Prepócito de la Profesa de México y del Porto de dha Casa. Hasta aora no se sabe con fixeza los agresores. Un hermano indiciado de dha muerte está preso pero inconfeso aunque a la ora presente ya le abrán dado tormento, y en caso de que él sea el agresor se supone que no es solo, y que haya otro de más suposición. Dho Pe era ynsufrible a sus súbditos, y si en el nuebo Gobierno no lo hubieran continuado en Prepocitura quizá no hubiera subcedido lo sucedido. De esto puede comprender el lastimoso estado de esta Prova y lo revuelto que está y en ningún tiempo lo ha estado como en el triennio pasado debaxo del Gobierno del Pe Asnaldo, quien tiene en la maior parte la culpa de dha muerte, esto es en caso de que el agresor sea el hermano que está preso.6


Merece la pena traer a colación algunos casos más extraídos de estos libros en referencia al destino final que tuvieron en Cádiz muchas de las piezas que transitaron por las redes comerciales jesuíticas durante los años centrales del siglo XVIII. Por ejemplo, Matías de Landaburu utilizó estas vías para traer a título personal una caja de alhajas destinadas a la imagen de San Juan Francisco Regis en 1737, mismo año de su canonización. A Narcisa de Céspedes le llegaron desde Buenos Aires en 1749 una cajeta de oro, una moneda portuguesa del mismo metal y un juego de hebillas de plata, enviados por Bartolomé Jacinto de Quiroga y siendo intermediario en el viaje José de la Peña. En el mismo barco, este comerciante trajo para José Marqués de Cartes otra caja de oro y una piedra bezoar, remitidos por Juan de la Plaza.7 Estos dos últimos casos distan mucho de ser objetos de devoción propios de una institución religiosa, y por el contrario cabe relacionarlos con la mercadería que practicaron los jesuitas aprovechando la exención de impuestos de que gozaban sus transacciones.

También existe alguna referencia puntual relativa al envío de esculturas. Por ejemplo, a fecha de 12 de enero de 1767 se decretaba un memorial presentado por el padre Ignacio Alzaga al presidente de la Casa de la Contratación, solicitando permiso para poder embarcar “en el navío San Ignacio, destinado al puerto de la Guaira, una estatua de San Luis Gonzaga”.8 En otra carta, se apunta que Pedro de la Iglesia envió desde El Puerto de Santa María “una estatua de San Ignacio que remitió a Cádiz” en 1760. 9 Desgraciadamente no pone su origen, pero el hecho de que no cite a quién se le entrega ni otro destino más que el señalado nos lleva efectivamente a pensar que la escultura tenía como fin quedarse en dicha ciudad. Por el contrario, siempre que una pieza pasaba por este puerto como paso intermedio se consignaba quién iba a ser su receptor y a dónde se dirigía. 

En la iglesia de Santiago de Cádiz, que fue propia de la Compañía de Jesús, se conserva una imagen del fundador de la orden cuyos rasgos encajan con esta cronología (imagen 2), según pudimos escribir Lorenzo Alonso de la Sierra y el que esto escribe con motivo de su participación en la exposición Traslatio Sedis en 2017. 10 La talla, de 175 centímetros de alto, preside el crucero del lado del Evangelio, ubicada en un retablo seiscentista realizado por Juan González de Herrera. Sus rasgos físicos comparten elementos con la máscara mortuoria que se realizó a San Ignacio tras su muerte, y destaca la presencia de dos lágrimas pintadas. El estofado, por su parte, está resuelto con motivos florales y ornamentales de gran entidad, lo que ha llevado a algunos investigadores a relacionar la obra completa con los escultores genoveses.11 Por nuestra parte, no vemos tan fácil su adjudicación a un taller concreto, aunque sí que es patente la vinculación ligur en la resolución del hábito, que indica que provino tal cual de Génova o que se policromó por parte de los pintores de aquella región que vivían en la bahía.

La cita extraída del libro de la Procuraduría nos parece muy atractiva para plantear su posible llegada en dicho año, aunque su parquedad dificulte hablar de manera contundente y la obra tampoco permita una fácil adscripción. Independientemente de que sea o no, sí que podemos defender que una “estatua de San Ignacio” llegó a Cádiz en dicho año, sumando el caso a los otros citados que evidencian cómo los jesuitas utilizaron sus redes para traer piezas a sus casas desde otros territorios (Génova, Sevilla, las Indias, etc.), lo que también supone un punto a favor en comparación con otras instituciones y órdenes religiosas, que se veían obligadas a pagar a una persona que sirviera de comitente y encargado para su envío y recepción.

De cualquier forma, la lectura de dichos legajos es una llamada de atención para prestar más importancia a la influencia que la Compañía ejerció en Cádiz a nivel artístico. Las referencias expresas a los vecinos que se beneficiaron de sus redes para conseguir objetos de muy diverso tipo (abanicos, chocolates, cartas, pero también reliquias, libros de devoción e imágenes) y a las trayectorias de varias de sus piezas singulariza a este puerto como una encrucijada que no permaneció de espaldas a esta realidad, sino que se nutrió de ella en un porcentaje aún por discernir, pero a buen seguro mayor de lo que hasta la fecha se ha entendido. Es gracias a estos testimonios, que nos hablan de un lustro en buena parte perdido actualmente, como podemos reanudar los hilos del pasado para hacernos una cabal idea de la influencia jesuita en el devenir diario de Cádiz y, en la otra cara de la moneda, distinguir sus casas en esta bahía como singulares dentro de una constelación expandida por todo el territorio hispano.

1 Luisa Elena Alcalá, “‘…Fatiga y cuidados, y gastos, y regalos…’ Aspectos de la circulación de la escultura napolitana a ambos lados del Atlántico”, Libros de la Corte 5 extra (2017), 163-184.
2 Ibidem, 182.
3 Se custodian en Archivo Histórico Provincial de Cádiz [AHPC]: Hacienda, libro 7 y Hacienda, libro 8.
4 Antonio Luis López Martínez, “Los jesuitas y el tráfico del dinero en la Carrera de Indias (1753-1767)”, Cuadernos de investigación histórica 14 (1991), 7-23.
5 AHPC: Hacienda, libro 7, s/f [f. 3].
6 AHPC: Hacienda, libro 8, s/f. La entrada de la doctora Díaz Cayeros referente al caso del padre Segura en https://projesart.org/el-procurador-jesuita-nicolas-de-segura 
7 Los ejemplos están sacados de AHPC: Hacienda, libro 8, s/f.
8 AHPC: Hacienda, libro 7, s/f.
9 AHPC: Hacienda, libro 7, s/f.
10 Lorenzo Alonso de la Sierra y Carlos Maura Alarcón, “Anónimo. San Ignacio de Loyola”, en David Gutiérrez Domínguez coord., Traslatio Sedis (Cádiz: ArtiSplendore, 2017), 364-365.
11 José Miguel Sánchez Peña, Escultura genovesa. Artífices del Setecientos en Cádiz (Cádiz: edición del autor, 2006), 228.

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